Existe un movimiento llamado “Proyecto Gran Simio”, que tiene como objeto “la protección de los grandes simios (chimpancés, gorilas, bonobos y orangutanes) y los lugares donde habitan. Lucha por que se les reconozcan sus derechos a la vida, a la libertad y a no ser torturados en experimentos; con la esperanza de poner fin a esta nueva forma de esclavitud“.
En principio, que esta asociación persiga proteger la vida, la libertad y el hábitat de estos animales, me parece perfecto. Ahora bien, ¿no desbarran cuando persiguen acabar con „esta nueva forma de esclavitud“ ¿Procede hablar de „esclavitud“, cuando se trata de animales?
Ellos dicen que sí y lo pretenden fundamentar científicamente: desde un punto de vista genético, nuestra diferenciación es mínima, casi, diríamos, insignificante. Pero su tesis fundamental radica en la capacidad lingüística. Al parecer, se ha conseguido que algunos chimpancés y algunos gorilas aprendan el lenguaje de los sordomudos y a partir de ahí parece que puede colegirse que estos animales son capaces de tener „su propia cultura, ... de trasmitírsela a sus hijos, de conversar... alumbrar pensamientos... ejercitan la imaginación, poseen recuerdos temporales, autoconciencia, empatía, capacidad de engañar, curiosidad, sentido del humor, sentido del tiempo, consciencia de la muerte y podrían, incluso, conservar una amistad durante toda la vida". Vamos, que ya le gustaría a más de uno que yo me sé.
Por si todo esto fuese poco, un psicólogo y un músico norteamericanos han llegado a la científica conclusión de que al menos una especie de monos, los titís de cabeza blanca, muestran una sensibilidad especial hacia la música y utilizan la modulación del tono para provocar un cambio de actitud en el oyente. Para entendernos, como cuando una madre riñe a su hijo.
En conclusión, los grandes simios, y quizás también, los no tan grandes, son prácticamente como nosotros (sino mejores), pero con un poco más de pelo y un poco más brutos y, por tanto, se merecen el mismo respeto y los mismos derechos que un ser humano.
Pese a todo, no lo tengo tan claro. Por una parte, ya había oído que los monos, en determinadas situaciones, pueden llegar al engaño, transmitir ciertos comportamientos a sus crías e, incluso, podríamos hablar de que generan cierta „cultura“. La posesión de recuerdos temporales, la autoconcienca o la conservación de ciertas amistades tampoco me resultan extraños. Ahora bien, sí que me cuesta entender otras capacidades, a saber, conversar, poseer consciencia de la muerte y sentido del humor. No me imagino a un chimpancé contando un chiste con lenguaje de signos a otro chimpancé o a un humano; no imagino a un chimpancé celebrando honras fúnebres; no imagino a un grupo de chimpancés reunidos en ambable tertulia. Tampoco les veo dándoles vueltas a un fruto para averiguar cómo puede cocinarse y producir más placer su ingesta o cortejando a una hembra y buscando un erotismo que imprima al acto sexual un supino grado de placer; ni tan siquiera adornando un árbol para celebrar la llegada de la primavera o dilucidando el valor moral de determinados comportamientos, como, por ejemplo, un hipotético adulterio.
No, pese a todas las semejanzas, que resultan innegables, yo no creo que sean como nosotros ni que proceda hablar de "esclavitud animal". Creo que entre ellos y nosostros hay diferencias cualitativas, posiblemente basadas en diferencias cuantitativas.
No afirmo con esto que nosotros hayamos sido creados de manera especial por Dios alguno ni que merezcamos privilegios especiales. No defiendo antropocentrismo alguno ni me tengo por un humanista convencido. Al que albergue dudas le diré que, si por mí fuera, tipificaría el maltrato animal como delito en cualquier lugar del mundo y abogaría por un contundente castigo. Ahora bien, habría que determinar claramente qué entendemos por tal concepto, pues a la inmensa mayoría sólo pensar en un corderito de leche al horno se nos hace la boca agua. En mi opinión, lo que perpetran en Tordesillas con el Toro de la Vega me parece una salvajada, mientras que la lida que José Tomás ejerce sobre un vitorino en Las Ventas la contemplo como una melodía artística. Por tanto, el concepto de "maltrato animal", por sí mismo, resulta complejo.
Pero, independientemente de lo inclinado que me encuentre a defender un trato digno a los animales, sin reparar en la especie, sí pienso que la nuestra ha alcanzado un grado evolutivo de tal calibre que la hace particular y única, y depositaria de unos derechos que competen exclusivamente a los humanos. Me resulta, por tanto, totalmente descabellado reivindicar derechos humanos para los que, por muchas semejanzas que les queramos buscar, no son más que animales.






