martes, 17 de marzo de 2009

SACRIFICIOS


Jesucristo, el hijo de Dios, tras una semana de pasión, de cruel tortura, se dejó sacrificar, por la salvación de la humanidad. Eligió la más dolorosa y lenta de las agonías. Escogió los guardias más malvados, los gobernantes más incompetentes, el más vil de los traidores. Con todo ello, se pertrechó un sacrificio de tal calibre, que puntualmente, la semana del primer domingo tras la primera luna llena de primavera, se rememora con fervor en todos los pueblos de España.
Dios escogió a su hijo para someterlo a las más extremas penurias y redimir así al hombre. Ningún problema.
Sin embargo, si se trata de juzgar a unos padres o a unos médicos o a una legislación que ha posibilitado que un niño condenado a una muerte segura pueda ahora llevar una vida digna y saludable, entonces se obtiene como resultado la condena y el reproche.
No se acepta el precio pagado. No se acepta el sacrificio de unos cuantos embriones y la elección sólo del genéticamente compatible. No se acepta, pese a la sonrisa de Andrés, a la alegría de sus padres, al éxito del avance médico y científico.
Iba a decir que no lo entiendo. Pero sí, sí que lo entiendo. La Iglesia necesita seguir manteniendo su estatus. Para ello, precisa que Dios siga existiendo. Es menester que su poder no se vea amenazado, que su figura siga resultando imprescindible.
Estos progresos científicos le restan credibilidad, devalúan la omnipotencia divina. A la Iglesia no le preocupan los embriones. Estos son su coartada. Lo único que persigue es que la vida siga estando en manos de Dios, e, indirectamente, en sus propias manos. Ser ellos los que determinen qué debe decidir el ser humano. Ser ellos los que ostenten la omnipotencia divina, aquí en la tierra.
Sí, ahora lo entiendo bien: el sacrificio del hijo de Dios no perseguía la salvación del hombre. Jesús se dejó matar por su Iglesia o, quizás, fue la Iglesia la que decidió que Jesús debía dejarse matar. Fue mayúscula su renuncia, así como el poder de ella emanado.
Para estos casos, sólo se me ocurre un ruego: que nos dejen vivir en paz.
Y no es Dios el destinatario.

4 comentarios:

Vero dijo...

Bueno... al respecto y si no se acepta, peor para ellos, porque es lo que hay, y yo me alegro.

Saludos.

Pantagruel dijo...

Lázaro, no te llevará a parte alguna aplicar la razón a estas cosas; Jesucristo es un ente cuya existencia histórica nunca se ha comprobado; lo que basen sobre él es tan arbitrario como su propia imagen, diseñada muchos años despues de su presunta muerte por gente que no le conoció, pero que vieron futuro en la idea; ese futuro es aun presente. Ahi les tenemos ahora persiguiendo linces protegidos para caparlos.

Lázaro dijo...

Vero, sí, peor para ellos, pero entorpecen un rato, no te creas
Panta,sé que aquí la razón tiene poco que hacer, pero no por ello hemos de dejar de ejercerla (sé que no sugieres tal cosa). Es nuestra única arma legítima contra el fanatismo. Además, también estoy convencido que es la que más daño hace.
Saludos.

Borrasca dijo...

Por fortuna aquí la iglesia puede pararse en las pestañas y en materia a lo que haces referencia, ni fú ni fá...

La ciencia debe ir por un cauce y la religión por otro, pienso que es como debe ser.

Besos borrascosos