
Si un marciano aterrizase en España, es de suponer que elegiría una gran superficie. Dado que toda gran superficie está copada por un centro comercial, se familiarizaría en primera instancia con un supermercado y unas galerías comerciales, muy puestas todas ellas, en las que se vende ropa, zapatos, complementos, etc, etc. Encontraría también restaurantes con nombres americanos, cafeterías, algún recinto infantil y, probablemente, una tienda plagada de animales. Si este marciano, una vez explorada debidamente la gran superficie, decidiese emprender viaje y conocer otros lugares de esta España nuestra, anotando unas nuevas y lejanas coordenadas en su navegador y volviese a aterrizar en otra gran superficie, a buen seguro que éste se encontraría también ocupada por otro majestuoso centro comercial. Y más que probable resultaría también que este buen marciano revisaría con esmero su GPS, pues creería haber aterrizado exactamente en el mismo lugar que la primera vez.
Da igual que vayamos a Cádiz o a Bilbao, que visitemos Cáceres o Valencia, Huelva o Gerona, La Coruña o Almería: allí donde pillemos un centro comercial, allí nos sentiremos como en casa o como en el lugar más ajeno, impersonal e inhóspito del mundo, pues nada nos permitirá concebir localismo alguno.
Esto es un claro síntoma del mundo globalizado en el que nos encontramos: un mundo extraño, deshumanizado, frío y distante. Un mundo superficial, de pura apariencia, donde todo es un engaño, donde todo es mentira: el mundo de cartón-piedra.
En ese mundo, seguimos buscando nuestro rumbo, nuestra causa. Ansiamos un sentido, una identidad y una individualidad, que sistemáticamente nos es negada: todos somos iguales ante la ley, todos tenemos los mismos derechos, todos tenemos los mismos deberes, todos votamos, a la libre opinión, a divertirnos de la mismas maneras: nadie es más ni es menos.
¿Dónde está el individuo, dónde me ubico yo, dónde mi singularidad, mi concreción, mi particularidad? ¿Soy sólo uno más? ¿Debeo ser sólo uno más?
Ante esta matanza de lo concreto responde el individuo de maneras extravagantes: formas escandalosas de vestir, de peinarse, de caminar, de bailar, de hablar, de actuar. A través de lo excéntrico busca el sujeto su autenticidad. Curtirse la piel hasta acabar con el último resquicio, si hace falta, con tal de ser único, de ser diferente, particular, individual, y, en lo posible, inimitable.
La historia de Kimberley Vlamink me resulta paradigmática. Se hizo tatuar 56 estrella en su cara con el fin de sacar a la luz su esencial particularidad, y cuando la vio ahí, puesta frente a su padre, su novio, frente a sí misma, le abandonó el valor y decidió mentir, acusar a su tatuador y huir hacia adelante.
Un periodista avezado le ha descubierto. Ha desvelado que Kimberley es un patético ejemplo del inhóspito mundo que nos estamos mereciendo, una víctima más de este horizonte globalizado e impersonal, que todo lo uniformiza y a lo que todo le vacía de sentido.
La joven muchacha ha comprendido en sus propias carnes que respetar el principio leibniziano de los indiscernibles en este monótono paraje en que vagamos, conlleva una altísimo precio, que sólo los más heróicos pueden pagar. De ahí que se aterrara y echara mano de la mentira, el parapeto de los débiles, para pagar su osadía.
Tampoco deberíamos ser muy duros con ella. Al menos mientras no marginemos nuestras globalizadas costumbres. Lo que le ha ocurrido a esta chica, nos puede pasar a cualquiera.


10 comentarios:
Pues... yo soy lo más normal de lo normal. Lo tengo clarísimo vamos. Y fíjate, que en un mundo tan globalizado, creo que es lo más raro que pueda haber. Tal vez por eso no me importe serlo. Tal vez por no verlo en sí mismos, les importa a los demás. Quien sabe.
Besines, mein lieber Freund :)
Por cierto, ODIO los parques comerciales. No lo digo por decir, trabajé en el más grande de España durante un año y medio :) Más besines.
Sí, los parques comerciales son de lo más triste: centros de ocio; dime cómo pasa una sociedad su tiempo libre y te contaré de qué padece. Por otra parte, tu normalidad te hace única. Ein grösser Kiss, meine liebe Vero.
Buen verano, Lázaro. Ando desconectando.
A mí JAMÁS me pasaría, me aterran los tatuajes... Bueno, los de esa clase, porque la verdad tengo maquillaje permanente en los ojos jajajajajajaja
Un beso tatuado
BORRASCA, te aterran los tatuajes???, lástima yo que te imaginaba con un pequeñito, por ahí escondido en algún sitio recóndito, para ser descubierto tras una exploración exahustiva. Bueno, nos conformaremos con tus ojos. Un beso en ese tatuaje escondido que no tienes.
Lázaro salgo ya mismo disparada a tatuarme una estrella, luna, sol, o lo que haga falta en el lugar más recóndito que tengo, todo sea por recibir tu beso ahí, el beso más húmedo, largo y apasionado del que dispongas...
Un beso intenso
Buf¡
Magnífica reflexión, Lázaro !!
Amén del tema de la globalización y de la uniformidad estabulada como pauta de comportamiento,me quedo con una reflexión tuya que enlazo con algo que leí hace poco de Javier Marías.
Dices;"...y cuando la vio ahí, puesta frente a su padre, su novio, frente a sí misma, le abandonó el valor y decidió mentir, acusar a su tatuador y huir hacia adelante".
Sostenía Marías, que esta sociedad es absolutamente cobarde,que miente,diluye la responsabilidad contraida en otros y continúa su huida hacia adelante,aunque esta conduzca al precipicio.
Si miramos con atención a nuestro alrededor,decía Marias,"esta actitud está instalada en todos los niveles y estratos.Desde el Gobierno a la prensa,pasando por el dependiente de El Corte Inglés y acabando en el mecánico del taller".
Totalmente de acuerdo.
Saludos.
Juanjo, gracias por tu piropo.
Natalia, había un torero, no recuerdo ahora el nombre, que decía que desde que leía a Ortega, toreaba mejor. Yo creo que si prestásemos un poco más de atención a gente como Ortega o Julián Marías, el dependiente del Corte Inglés, el mecánico, el jefe de taller, el alcalde, incluso, el mismísimo presidente de gobierno, harían mucho mejor su trabajo. Pero no, aquí lo único que prima es mirar para otro lado y tirar para adelante. Lo malo de esto es que, como hemos perdido el norte, lo mismo tiramos para adelante que para atrás. Un saludo
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